Desde hoy a la venta mi nuevo libro

Durante ocho años, de octubre de 2004 a octubre de 2012, publiqué la columna La Vida Sigue en la revista Todo en Domingo, que circula encartada en el diario El Nacional de Venezuela.

Varios temas toqué en ella, pero el de la convivencia en las ciudades fue siempre uno de los principales. Algunas de esas notas fueron reproducidas en este blog, pero hay varias más que tienen contenidos pertinentes para los interesados en la experiencia mayoritaria de nuestra era: la vida en ciudades.

Es fácil verlo en el libro que sale hoy a la venta en ebook y en los próximos días impreso también en Venezuela. Se titula Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas; imaginarán los conocedores de la situación venezolana que ese título alude a la dificultad que implica intentar describir ese país: la complejidad, intensidad y velocidad de sus transformaciones hace ver al periodismo como tomar notas bajo una lluvia incesante, que borra en parte cada línea que acabas de escribir.

Desde hoy está a la venta el ebook en el sitio web de Cognitio, una editorial especializada en libros electrónicos. Pueden comprarlo allí desde cualquier lugar del mundo para cualquier dispositivo electrónico de lectura, Kindle, iPad y todos sus equivalentes.

Tapa diseñada por Cynthia Rodríguez para la edición electrónica de Cognitio

Tapa diseñada por Cynthia Rodríguez para la edición electrónica de Cognitio

Y durante los próximos días, se distribuirá en librerías de las ciudades principales de Venezuela la edición impresa en la editorial La Hoja del Norte, la misma que ha editado títulos exitosos como Afiuni: la presa del comandante, de Francisco Olivares, o El dragón en el trópico, de Michael Penfold y Javier Corrales. 

Tapa diseñada por Jaime Cruz para la edición impresa de la editorial La Hoja del Norte

Tapa diseñada por Jaime Cruz para la edición impresa de la editorial La Hoja del Norte

A continuación, copio el prólogo que muy generosamente escribió para Apuntes bajo el aguacero uno de nuestros más brillantes historiadores, Tomás Straka, director de la Maestría en Historia de la UCAB y autor, entre otros, de La voz de los vencidos, La épica del desencanto y Las alas de Ícaro.

Ha sido un diluvio

En aquel tiempo llovió durante cuarenta noches y cuarenta días. Una humanidad entregada a la violencia fue arrasada por otra mucho mayor desatada por el cielo. Al final sólo quedaron “los advertidos”, como los llamó en un famoso cuento Alejo Carpentier, es decir, ese puñado de hombres a los que cada cultura recuerda con el privilegio de recibir siquiera una señal de lo que vendría. Aquellos que pudieron hacer una barca y escapar: Noé, Uta-na-pistim, Manu, Deucalión o Amalivaca, por sólo nombrar a cinco. Cada uno, cuando finalmente escampó, tuvo el talento y la energía de crear una nueva humanidad.

Los venezolanos que nacimos en el último cuarto del siglo XX hemos visto llover por bastante más que cuarenta días con sus noches. No sabemos si los que sobrevivan serán capaces de crear una nueva humanidad. No sabemos ni siquiera si algún día escampará. Pasamos la adolescencia entre nubarrones que se volvieron tempestades. A cántaros cayó el agua mientras estábamos en la universidad. Pasamos el umbral de los treinta años y el mal tiempo no dio señales de amainar. Al contrario, arreció. Lo capeamos como pudimos. Encaminamos –bien, mal o regular- nuestras vidas, muchos nos casamos y compramos apartamentos; bastantes ya han tenido sus hijos; estamos aterrizando en nuestros cuarenta, tenemos algunas canas y lo notable es que no para de llover. ¿Hubo advertidos entre nosotros? Tal vez se ponderen por tales los que hicieron una barca y se marcharon en busca de su propio Monte Ararat (¿no cabría Noé como la metáfora bíblica de una especie de balsero mayor?). A lo mejor se ponderen igual aquellos que como Isaías o Ezequiel usaron las advertencias divinas para acicatear a la sociedad, involucrándose en la política, reclamando los necesarios cambios morales para una salvación. ¿Era un “advertido” el Uslar Pietri que de muchachos leíamos en el liceo y veíamos en la televisión? ¿Lo era cuando desde la altura de su talento y la profundidad de su naufragio político nos pintaba un futuro con proporciones de desastre bíblico? Al menos para quien escribe, las imágenes de las vacas flacas y del festín de Baltasar le llegaron inicialmente por la capacidad uslarpietriana de dibujar a sus sentencias con los colores más vivos.

Y si Uslar Pietri fue (o al menos quiso ser) el Daniel criollo que le tradujera a los gobernantes venezolanos los signos trágicos que Yahvé les pintaba en el horizonte y que sólo él –aseguraba- podía descifrar; dos adecos arrepentidos –y en cuanto tales, en gran medida arquitectos del sistema que entonces empezaba a desquebrajarse- intentaron el papel de Jonás en las calles de Nínive: en 1976 Domingo Alberto Rangel y Juan Pablo Pérez Alfonzo pronosticaron un desenlace sombrío cuando la fiesta apenas parecía despegar. Como quien grita el fin del mundo en las calles de su ciudad, no rehuyeron ser aguafiestas. El resto de los venezolanos, hay que admitirlo, les reconoció su condición de profetas, pero no por eso se preocupó demasiado en oírlos (el remoquete con el que los coronaron, “profetas del desastre”, tiene un evidente tono burlón). Finalmente, José Ignacio Cabrujas, con sus crónicas sabatinas y sus obras de teatro y televisión, que como dardos afilados aguijoneaban a la conciencia nacional, también pudiera entrar en este juego de profetología criolla. A pocos los celebraron tanto. A pocos los tomaron menos en serio (porque es más fácil aplaudir que tomar en serio).

No es el momento de determinar en qué medida Uslar Pietri, Rangel, Pérez Alfonzo y Cabrujas, los grandes augures de las décadas que van de 1970 al 2000, fueron atinados en sus visiones. En la actualidad hay quienes los interpretan –sobre todo al primero, que nunca abandonó del todo la arena política- como francotiradores que dispararon contra el sistema sólo para ayudar a su derrumbe y, tal vez sin saberlo, allanarle el camino a otro peor. Cabe, naturalmente, mucho de eso en su balance histórico. Pero esto tampoco puede ocultar los vicios y falencias del régimen anterior que, cuando menos, hicieron verosímiles sus críticas de venezolanos preocupados por la marcha de su país. O el sagrado derecho que en una democracia todos tienen de expresar su opinión.  En todo caso, Uslar Pietri se deslindó rápidamente del régimen de Hugo Chávez y Rangel le hizo pública oposición. Pérez Alfonzo y Cabrujas ya estaban muertos para cuando llegó al poder. Aunque se pueden tener sospechas, es imposible saber si lo hubieran apoyado o no.

El conjunto de textos que Rafael Osío Cabrices ha reunido en Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas, recuerda, por muchos aspectos, a las prédicas y angustias de aquellos “profetas”. Generacionalmente, es coetáneo con el autor de estas líneas, por lo que conoce bien de qué aguacero habla. No hay manera de saber si el diluvio que ha sido nuestras vidas nos llevará a alguna forma de redención. Lamentablemente no somos hombres veterotestamentarios a los que se nos revela el futuro por prodigios de Dios. Estamos más cerca de la angustia venezolana de los augures que hace treinta años anunciaron un desplome que finalmente se verificó, que si hicieron de “profetas” fue por el estudio y el solo uso de la razón. De hecho, al leer estas crónicas –Osío Cabrices las llama así, pero: ¿dónde en realidad termina la crónica y comienza el ensayo?- vemos una clara ilación entre ellas y los problemas de fondo que los movieron: si vamos a la base antropológica e histórica, el caso del criollo que ve un poco sorprendido los numerosos cortocircuitos de sus valores al entrar en contacto con los de buena parte de su sociedad.

Hay numerosas explicaciones sobre esto –que casi podríamos llamar género: lo que Jorge Bracho ha llamado “el discurso de la inconformidad”- que van desde las recepciones diversas y hasta contrapuestas de la modernidad, o de nuestras distintas modernidades; hasta las viejas teorías de la civilización contra la barbarie que apuntalaron las angustias de nuestros bisabuelos y que creíamos superadas para no volver jamás. Cuando Osío Cabrices y quien escribe nacieron, en Venezuela parecía haber advenido el imperio de la “civilización” (las comillas no son por simple corrección política, aunque admitimos lo que de eurocéntrico y excluyente tenía el término). El proyecto que encarnó Rómulo Gallegos se había impuesto sobre todo lo que representaba Doña Bárbara, o parecía estarse imponiendo de manera definitiva: el autoritarismo, la ilegalidad, la violencia que no reparaba en usar sicarios, la religiosidad transaccional del chamanismo, el resentimiento como resorte fundamental, el mujiquismo como horizonte moral. O eso al menos es lo que se creía en las urbanizaciones de aquella clase media que también parecía estarse consolidando. Por algo los “profetas del desastre” o eran objeto de risas complacientes, o blancos de ira e indignación.

Pero aquellos venezolanos alimentados, vestidos y educados como nunca antes en la historia del país no percibieron –o no percibieron lo suficiente- que el proyecto de modernidad (de “civilización”: ya en los setenta no se usaba esta palabra) tenía sus flancos débiles y sobre todo un correlato alternativo, que había llegado a acuerdos impensables con el espíritu de Doña Bárbara que no desapareció cuando la “guaricha” regresó a los ríos de donde vino, que se recombinó con el proyecto civilizador del que la democracia se consideraba heredera. Y no se trata, como en los textos de Gallegos, de una dicotomía campo-ciudad, acaso reconfigurada en barrio-urbanización, porque el fenómeno tuvo un alcance longitudinal, penetrando en todos los estratos. Ni los barrios son solo coto de “barbarie” como, respingones, creen algunos; ni las urbanizaciones lo son de la “modernidad”. El famoso montaje de Meyer Vaisman pudiera presentarse de dos maneras: como el rancho que es un elegante apartamento “funcionalista” por dentro (como en la realidad pasa tantas veces, y no sólo en términos de menaje, también en los de muchos de sus valores); o como el apartamento que se “ranchifica” en la medida que uno se adentra en él. Cuando el modelo económico quebró y la versión, digamos, gallegiana de la modernidad se hizo más difícil de sostener, las certezas de quienes creyeron y apostaron en ella fue difuminándose hasta casi desaparecer. Dice Osío Cabrices en uno de los textos recogidos en este libro que “me preocupaba dejar constancia por mi parte, entre muchas otras personas que también lo han hecho desde sus miradas respectivas, de lo que estaba ocurriendo con este país que creía estar encaminado a otras cosas”. En otro se repite a sí mismo, como quien invoca un mantra, que los países no desaparecen.  El problema es que a veces sí lo hacen (verbigracia Nínive); o al menos desaparece una forma de que lo sean, una forma de sentirlos. No desaparece el país: desaparece tu país.

Naturalmente, admitimos que esta explicación es cuando menos simplificadora, pero sirve para entender esa necesidad que tuvo Osío Cabrices de aportar un sentido a las cosas que pasan. También para explicar ese estado de ánimo que recuerda al de cien años atrás, cuando después de lo que parecía el sostenido avance de los días de Guzmán Blanco, otra generación de venezolanos llegaba a sus treinta enfrentados a la bancarrota del Estado, una sucesión de guerras civiles, grandes amputaciones territoriales y dictaduras. Así, desconsolados, llegaron a convicciones como las del “continente enfermo” (César Zumeta), del finis patriae (Díaz Rodríguez), la condena a vivir bajo “gendarmes necesarios” y “césares democráticos” (Vallenilla-Lanz). Osío Cabrices no ha llegado tan lejos y nada hace prever que, desencantado y acaso envilecido, termine entregándose a un tirano, como lo hicieron aquellos intelectuales. Confiesa en la introducción de este libro que en 2004 empezó a publicar en la revista Todo en domingo, que viene encartada en el diario El Nacional, la columna de la que acá hace una antología, con el propósito de “invitar al pensamiento independiente, a mirar de nuevo más allá de lo aparente, a tener el coraje de distanciarse un poco de unas cuantas mentiras que ciertas tradiciones han alojado entre nosotros” pero, sobre todo, porque “pretendía brindar un consuelo frente a los problemas que arrasan a Venezuela”, de allí su título: “La vida sigue”.

Por eso es que está más cerca de los “profetas del desastre” del último cuarto del siglo pasado: hay que recordar que más allá de sus admoniciones, de sus amenazas, de sus imágenes apocalípticas, los profetas al cabo quieren conmover a una sociedad, hacerla mejor, dar una esperanza de porvenir. Es decir, son por esencia demócratas y optimistas, ya que creen en las potencialidades del pueblo para que libremente pueda cambiar el rumbo de su destino (de allí la importancia de los libros en la configuración de la democracia moderna entre los siglos XVII y XIX). Para Vallenilla-Lanz los venezolanos éramos los condenados ninivitas, que no tenían remedio; para Cabrujas o Pérez Alfonzo, somos un pueblo que si oye, tiene al menos una esperanza de salvación. Con el agua de su propio diluvio en los tobillos, Osío Cabrices  se propuso “traducir el cómo se siente vivir y escribir en un país que parece sumergido por una inundación bíblica que hizo todo más difícil –moverse, conversar, permanecer sano, descansar, encontrarse con los otros, reconocer el paisaje- y en la que el agua, oscura de miedo y de escombros, no se escurre por más que pasan los años”. Aunque, como en todo ensayo, es una visión personalísima, militante de determinados valores políticos, puede extenderse a todo un sector de la sociedad que, como hemos oído tantas veces de tantas personas, siente que este país “ya no es suyo” (porque es ostensible, al menos si apelamos a los resultados electorales, que otro sector está algo más que contento con este orden de cosas, quizás como resultado de la otra “modernidad” que también se desarrolló generando otros valores y sociabilidades).

A ocho años de la primera entrega de la columna es muy temprano para hacer un balance. Podemos avizorar que sus entregas constituyen un importante testimonio histórico que en un futuro será muy valorado para compulsar nuestra actualidad, o al menos una determinada sensibilidad y unos determinados valores frente a la misma. Percibimos en ellas un tipo de escritura que se mueve entre la narrativa no ficcional, periodística, que está tan de moda (y en la que el lenguaje está obteniendo algunos de sus mejores triunfos), y el ensayo libre, que ya configura un estilo, un tono propio, que de un momento a otro reventará en otras obras y seguramente dará de qué hablar. Pero, sobre todo –y si se nos dispensa el que también nos atrevamos a profetizar- algo nos dice que la prédica no fue en vano, que no fue un clamor en el desierto (sigamos con los profetismos), que el universo de sus lectores representa una opción cierta para que, cuando un día por fin escampe, se produzca un nuevo pacto social. No nos atrevemos a decir una nueva humanidad (ni nosotros ni este diluvio damos para tanto), pero nos daríamos por bien pagados si por lo menos podemos fomentar un orden mejor de convivencia. Es entonces cuando veremos, en toda su amplitud, lo que encerraba el llamado de la vida a continuar, a no rendirse, a dar un paso adelante y seguir.

Tomás Straka

 

 

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Cómo será Montreal en 2033

Un interesantísimo trabajo de proyección del futuro de una ciudad publica hoy 9 de marzo el diario montrealés The Gazette, en inglés.

El periodista Rebé Bruenmer entrevistó a un urbanista y profesor de la McGill University, Avi Friedman, sobre los estudios que él ha hecho en cuanto a qué pasará en la ciudad de Montreal -que en este blog ya hemos elogiado por su carácter, su magnífico transporte público y su altísima calidad de vida- de aquí a 20 años.

La metrópoli quebequense debe confiar en su identidad y manejar con mucho cuidado sus limitados recursos

La metrópoli quebequense debe confiar en su identidad y manejar con mucho cuidado sus limitados recursos

Lo que Friedman plantea resume no solo el presente de Montreal, con un fuerte problema de corrupción municipal y un rezago en infraestructura de la posguerra que comparte con muchas otras ciudades, latinoamericanas por ejemplo; también compendia varios de los ejes de la discusión internacional sobre el futuro de las ciudades: redensificación del centro, gentrificación de barrios viejos, cambios demográficos, promoción ante el mundo, home offices y relanzamiento del transporte público.

Friedman no lanza sus previsiones en sintonía con la moda verde, sino con lo que sabe de la ciudad en que vive y trabaja. Dice, en resumen, que la escasez de recursos municipales descartará grandes proyectos de infraestructura, como la extensión del Metro, y que el envejecimiento de los baby boomers tendrá un fuerte impacto en el paisaje público. Imagina también una ciudad más multicultural y multilingüística, por el influjo de la inmigración, que seguirá siendo, o lo será más aún, una ciudad divertida y culta que atraerá a muchos turistas y jubilados. De hecho, deberá competir con otros destinos norteamericanos con su oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento.

Un trabajo que vale la pena leer porque induce a pensar en términos similares sobre las ciudades en que los demás vivimos.

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NoMATERIA: en Venezuela sí se hace diseño industrial

Una excelente impresión me causaron tanto el Museo de la Estampa y el Diseño Carlos Cruz Diez (impecable, bien atendido, un oasis en medio de una zona problemática y en plena preocupante transformación, como lo es la avenida Bolívar de Caracas) como la muestra que fui a ver allí, en su sala principal, y que todavía estará unos pocos días más: NoMATERIA.

Media preview

Se trata de una exhibición curada por el diseñador industrial venezolana Ignacio Urbina, quien dirigía el instituto ProDiseño hasta que aceptó, en 2011, una cátedra en el Pratt Institute de Nueva York. NoMATERIA es un proyecto que comenzó hace tres años y que Urbina insiste en definir como una acción colectiva. Su propósito, logrado con creces, es mostrar parte del diseño industrial que se hace, hoy, en Venezuela. Un país con mucho talento y poquísima industria, pero que como cualquier otro necesita de mucho y buen diseño para ayudar solucionar sus innumerables problemas.

Todo empezó con dos exposiciones virtuales, curadas por Urbina, que en su espacio en DiConexiones sirvieron para seleccionar los productos que desembocaron en el museo Cruz Diez, a partir de una invitación de su propio director, Edgar González. Luego, en 2012, se montó en el museo, con la coordinación de Deyanira Gerdel, la muestra física, que involucra a unos 60 diseñadores venezolanos, que están representados o individualmente o en equipos. 

Estos diseñadores vienen de Caracas y de otros lugares de Venezuela como Mérida, San Cristóbal y Maracaibo. Sus productos son para el descanso, para la asistencia de personas en necesidad, para la mesa o la cocina, para el ocio… Cubren, en su diversidad, distintos estilos, aproximaciones y concepciones del hecho del diseño industrial. 

Vale mucho la pena ver lo que han hecho. Hay piezas de mobiliario urbano que hemos visto ya instaladas; un camión cisterna ligero para bomberos; una mochila para cargar bombonas de gas en comunidades rurales; varias sillas; juguetes; regalos; un equipo de ejercicios para personas con discapacidad: una hamaca que también puede ser silla y colchoneta; un módulo de exhibición; un chaleco para discapacitados; una bicicleta de montaña… Vi piezas que no sabía que se habían diseñado aquí, como el regulador de voltaje RPC 1200 IT. Piezas interesantes, útiles y hasta hermosas que no tienen nada que envidiarle a alguna que haya que importar.

Son 39 productos que hacen pensar en cómo la industria, el Estado y los ciudadanos podríamos aprovechar ese talento buscando salida, desde dentro o fuera de Venezuela, desde estudios independientes o incluso aulas de clase. Son una realidad tangible y también una potencialidad en espera, como pasa con las mismas ciudades venezolanas, con el mismo país. NoMATERIA estará hasta finales de marzo. Aprovechen.

 

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La entrega de La Vida Sigue del 7 de octubre de 2012

Lo que copio a continuación es la entrega de la columna que he mantenido en Todo en Domingo desde 2004, La Vida Sigue, que había enviado para que se publicara en la mañana del 7 de octubre de 2012. Pero El Nacional decidió no publicarla. Como las cosas se escriben para que se lean, aquí está.

Hoy, 7 de octubre de 2012

Hoy tenemos la oportunidad de votar. Haremos cola, nos mandaremos mensajes, prenderemos fuego a la sabana de los rumores, nos angustiaremos esperando el desenlace: esos números que ojalá no tarden demasiado. Hoy tenemos esa invaluable oportunidad que provee la democracia –incluso en el famélico estado en que se encuentra la nuestra- para convertir la queja cotidiana y estéril en un acto legal y productivo, el voto. Voto que yo ejerceré hoy con mi decisión tomada hace mucho tiempo y con confianza sincera en que, sobre los innegables peligros, se hará escuchar y respetar la voluntad de la mayoría.
Hoy tenemos la oportunidad de aceptar la idea de que las cosas pueden mejorar, de que nuestro país no está condenado inexorablemente a un destino de autodestrucción. Admitir por otro lado que, pese a lo que muchos de nosotros hemos creído durante ya demasiado tiempo, nadie es invencible por muy poderoso que parezca.
El cambio es la esencia de las cosas. Y este país cambió. Mi generación está empezando a manejarlo y lo hace con los ojos que nos dio el habernos criado en la crisis, el tener a la Venezuela de los 50 y 60 como un relato y no una vivencia, y el haber conocido en carne propia la fragilidad de la democracia y la naturaleza de los esfuerzos que hay que hacer, permanentemente, para preservarla. Quiera el cielo que lo hagamos mejor que nuestros mayores.
Estoy convencido de que hoy comienza el lento y difícil rescate de nuestra normalidad, el viraje hacia la condición de país relativamente normal. Pero no será el regreso a lo que creíamos que era normalidad hasta principios de los 90: el pasado es pasado y no vuelve. Venezuela no será ya la que fue. Su futuro es una incógnita y lamento incurrir en el lugar común de que tendremos que construirlo entre todos, porque inevitablemente así será.
Aquí tenemos que recordar –o aprender- cómo escuchar al otro con atención, cómo hablar sin insultar, cómo pensar con verdadera intención de comprender. Necesitamos volver a conciliar: reconciliarnos. Aquí tenemos que recordar –o aprender- qué es lo lícito y qué lo ilícito, lo que nos conviene como personas y como sociedad y lo que no nos conviene. Solo así podremos emprender la reconstrucción de esta nación fracturada, traumatizada y empobrecida, una tarea cuya magnitud no podemos menospreciar. Lo que ha vivido Venezuela en las últimas dos décadas –porque nuestro drama no comenzó en 1998 sino antes- no ha sido cualquier cosa: nada menos que un intento sistemático de destrucción de sus modestos avances como república moderna, como sociedad del siglo XX. Mucha gente ha trabajado para devolvernos al polvoriento corralón de mendicantes que rogaban por la atención del hombre fuerte; mucha gente ha luchado por su parte para cerrar las puertas de la máquina del tiempo que liberó esos espectros históricos. En el camino, nos hemos confundido, entre los gritos y los disparos, y ya casi no sabemos qué es la igualdad y qué la libertad, qué es ser ciudadano y qué es ser gobierno, qué es ser hombre o mujer, qué es ser persona.
Ojalá el día de hoy sea el del contraataque de la sensatez y de la honradez, de las fuerzas de la decencia. Ojalá que no tratemos esto como un Caracas-Magallanes sino como lo serio que es. Si hoy volvemos a usar la cabeza, este 7 de octubre habrá valido la pena.

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Algunos buenos libros sobre ciudades

(Originalmente publicada en las revistas El Librero Venezuela y El Librero Colombia y redactada junto con Marcel Ventura. Algunos extractos de esta misma nota fueron convertidos en los posts sobre Jane Jacobs y Edward Glaeser, pero éste es el material original y sirve para proponer una visión de conjunto, una antología)

PORTADA

A la urbe de hoy hay que leerla con cuidado

En febrero del año pasado el cineasta estadounidense Gary Hustwit tenía dificultades financieras para terminar su documental Urbanized, así que acudió a la red colaborativa Kickstarter para pedir 85.000 dólares. En pocas semanas, 1.814 personas se metieron en la página, vieron el video promocional, leyeron la descripción y decidieron apoyar la iniciativa con un total de 118.505 dólares. De ese grupo de gente, 764 donaron 10 dólares y alguien llegó a aportar 5.000, pero Urbanized no es una película de acción, ni una porno, ni una comedia; es un largometraje que cuenta cómo ciudades alrededor del mundo están asumiendo desafíos urbanos de diversa índole, ya sea en Stutgart, Copenhague, Brasilia y Santiago de Chile, como en Nueva Orleans, Mumbai, Ciudad del Cabo y Bogotá.

Urbanized está en internet desde el pasado mes de marzo gracias a esas 1.814 personas y aunque se pueden extraer varias conclusiones, en El Librero queremos ser optimistas y pensar que cada vez más ciudadanos se están interesando por el espacio que habitan. Algo similar ha ocurrido en la oferta de libros, con clásicos reeditados, como Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing), traducciones de novedades notables, como El triunfo de las ciudades (Taurus), autores escribiendo en español de forma permanente, como Manuel Delgado y Llàtzer Moix, y textos académicos de alcance divulgativo, como Medellín: medio-ambiente, urbanismo, sociedad (EAFIT). Todos tienen en común su utilidad –aportan datos, muestran fotos, citan otros libros igual de interesantes, exponen ideas claras– y si bien es complicado ubicar algunos, vale la pena el esfuerzo por ampliar la biblioteca.

Aunque sin distribución oficial en Venezuela, el sello independiente Capitán Swing Libros está tomando mucho espacio en vitrinas de librerías iberoamericanas, incluidas las colombianas, y a esa pequeña empresa hay que agradecerle el rescate de Muerte y vida de las grandes ciudades, en sintonía con la atención que, 51 años después de su primera edición, recibe este libro de parte de todos los que hoy pelean contra el suburbio, la autopista, la dependencia del automóvil y el dispendio de energía.

Jane Jacobs fue la esposa de un arquitecto, Robert Jacobs, y vivió una larga y fructífera vida en su natal Estados Unidos y luego en su país de adopción, Canadá. Sin haberse graduado nunca en nada, fundó una línea de pensamiento que está perfectamente viva hoy, pero desde el activismo, aunque luego colaboraría abundantemente con los medios y dejaría su legado intelectual adecuadamente documentado en The Death and Life of Great American Cities, como se llama originalmente su libro de 1961, y en otros títulos.

Ella organizó varias campañas para impedir que las autopistas atravesaran Manhattan y los barrios históricos como el Greenwich Village fueran derruidos, y en el camino estableció una lista de leyes sobre la densidad urbana que hoy son objeto de debate y, como en el momento en que se formularon, armas arrojadizas contra el gran capital de la construcción y los alcaldes insensibles.

Esas ideas están presentes en Muerte y vida de las grandes ciudades. Jacobs decía que las ciudades deben tener aceras y comercios en los bajos de los edificios para que la gente interactúe a pie y se conozca; que deben ser mixtas y que deben celebrar su diversidad, para reducir los conflictos y para que cada área esté usada las 24 horas, por lo cual siempre hay gente despierta y cuidándola; que su patrimonio arquitectónico debe ser respetado, y que en una urbe uno debe tener el derecho de conocer a sus vecinos y a sus comerciantes, poder ver el cielo sin que lo tape un rascacielos, estar al tanto de cuáles fueron sus orígenes, etc. Que las ciudades sean para las personas, no para los automóviles, y para todas las personas, no solo los ricos y poderosos.

La trampa del espacio

Si Jane Jacobs es la gran vocera de la ciudad vista a pie y no desde el aire, el trabajo teórico del antropólogo español Manuel Delgado dialoga con Muerte y vida de las grandes ciudades, ya que en El espacio público como ideología (Catarata) critica a los gobiernos que favorecen a pequeños grupos privilegiados llenándose la boca con la idea del urbanismo como oportunidad de inclusión democrática.

Aunque está cargado de referencias sociológicas, antropológicas y filosóficas poco familiares para lectores no especializados, los argumentos son muy claros: el concepto de espacio público como un “vacío entre construcciones que hay que llenar de forma adecuada” no tiene más de 30 años y en ese tiempo se han cruzado tantas definiciones y visiones que el urbanismo se está llenando de equívocos.

Es difícil quitarle razón a Delgado cuando habla de proyectos que reforman centros históricos quitándole todo lo histórico, Estados que piensan en atraer turistas antes que en conservar a sus ciudadanos, especulación inmobiliaria en áreas de interés público o de resguardo ambiental. Ya por esos ejemplos es bueno acercarse al libro, escrito antes de la vigente crisis española con una terrible cualidad profética, pero El espacio público como ideología no solo señala una larga lista de errores, también se aproxima a una idea de urbanismo incómoda para gobiernos manipuladores: “Resulta ingenua e injustificada la pretensión (…) de que la constitución desde el proyecto de una morfología urbana determina de manera automática la actividad social que se va a desarrollar en su seno”, idealismo que para Delgado guarda cierto componente tiránico. Sus ensayos son una defensa de la democracia, víctima de sí misma, y una reivindicación de la pequeña vida del barrio y de la libertad individual.

Excesos del optimismo urbano

También con ánimo crítico, casi de contraloría, Llàtzer Moix publicó en Anagrama Arquitectura milagrosa con una documentación precisa y datos duros para demostrar algo que debería estar claro: pagarle una millonada a un arquitecto para que piense en un edificio millonario no garantiza que la ciudad –o el pueblo– en cuestión pueda aspirar a movilizar más millones en su economía. Moix es español y se limita a casos españoles, pues en Bilbao está la experiencia clave que explica la falacia del arquitecto que puede cambiar el rumbo de las cosas.

Fue en la capital del País Vasco donde a mediados de los 90 un ya mayor y no muy conocido Frank Ghery imaginó la célebre sede del Museo Guggenheim, punto de quiebre que marcó un hito en la ciudad, pues desde entonces aumentó exponencialmente sus ingresos turísticos. Bilbao, ciudad gris y sin atractivo evidente, encontró una postal de exportación que otras ciudades españolas quisieron para sí mismas, comenzando así una debacle de edificios desproporcionados.

Moix es especialmente duro con estructuras costosas que se han financiado con dinero público y aunque Arquitectura milagrosa tiene mucho de denuncia, no deja de ser una narración amena que lleva al lector de viaje por toda España para leer –escuchar– de primera mano lo que cada protagonista tiene que decir. Concursos arquitectónicos amañados, urbanizaciones fantasmas, edificios costosos completamente abandonados u otros inconclusos a punto de ser demolidos.

Hace dos meses, por ejemplo, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ordenó la demolición de la incipiente Biblioteca de la Universidad de Sevilla, cuyas obras estaban paradas desde hacía dos años. El agravante es que su autora es la célebre Zaha Hadid, cuya participación se había anunciado con bombos y platillos en 2008. Son ese tipo de casos los que examina Moix, sin pasar por alto experiencias exitosas como la del Guggenheim y Barcelona 92, de la que hablaremos más adelante.

Europa no es el único continente con optimismos desmedidos y, como la bibliografía en español es limitada, dos libros en inglés exploran el caso de Brasilia, la ciudad que Lucio Costa y Oscar Niemeyer inventaron desde cero con la financiación del gobierno de Juscelino Kubitschek, tan rico como inflacionario. Desde el punto de vista político, Brasilia habla de las ambiciones de ese país, que creó una nueva capital en 1960 como muestra de poder, pero al mismo tiempo marca el comienzo del declive hacia la dictadura militar que tomaría las riendas en 1964.

Brasilia es lo que el padre del Modernismo, Le Corbusier, hubiera querido hacer siempre, un lienzo para vaciar todas las ideas de esa escuela y si bien su influencia fue directa, los responsables intelectuales son Costa –desde el punto de vista de planificación urbana– y Niemeyer –en cuanto a edificaciones–. The Modernist City (University of Chicago Press), de James Holston, y Lucio Costa, Brasilia’s Superquadra (Prestel), de Farès El-Dahdah, entran sin miedo en el ruedo de todas las críticas y alabanzas posibles que pueden verterse sobre la ciudad, pero ambos concluyen desde perspectivas distintas que el tiempo confirma a Brasilia como un proyecto insuficiente, fracasado.

Holston es exhaustivo, pero los capítulos más brillantes del libro tienen que ver con la población y con “la muerte de la calle”. El primer punto hace alusión a los mecanismos artificiales que utilizó el gobierno para poblar esa ciudad, cuya densidad es todavía baja –dos millones y medio de habitantes en 5.802 km²–. La mayoría de ciudadanos trabajan en alguna de las muchas oficinas gubernamentales. Es una población que cambia cuando cambian los presidentes.

La muerte de la calle es uno de los puntos fundamentales cuando se critica al Movimiento Moderno y por supuesto que Brasilia no sale librada. En muchos sentidos la capital es la peor pesadilla de Jane Jacobs, ya que fue planificada desde el aire y con la idea de la superquadra murió toda posibilidad de intercambio entre barrios. La superquadra evidencia el racionalismo modernista, que dividía a las ciudades en pequeños grandes centros urbanos interconectados por largas autopistas. Cada uno de esos centros –superquadras– tendría todo lo necesario para vivir en él sin necesidad de salir cada día, desde escuelas hasta supermercados, pero a la hora de pasar del papel al concreto la superquadra mató a la calle y, con ella, al peatón. Cuando uno lee a Holston y a El-Dahdah se convence de que el Movimiento Moderno es el responsable de grandes ideas arquitectónicas, pero a la hora de concebir relaciones urbanas y ciudades su vocación calculadora devino en lo que es Brasilia: una ciudad con autopistas que conectan bellísimos monumentos.

El caso Barcelona: lo que dejan las olimpiadas

En la acera opuesta de Costa y Niemeyer está el catalán Oriol Bohigas, gran responsable de que las olimpiadas de Barcelona 1992 cambiaran para siempre –y para mejor– el mapa de la ciudad. Londres, 20 años después, ha visto en las olimpiadas su propia oportunidad para sortear estos años de crisis –es la única capital europea donde el precio del metro cuadrado ha aumentado desde 2008– y si estructuras como el Acquarium de Zaha Hadid están pensadas para conservar su vigencia como edificio y como entorno urbano en el futuro, es difícil negar que en eso la pauta viene de Barcelona.

Libros como Contra la incontinencia urbana (Electa) y Realismo, urbanidad y fracasos (T6 Ediciones) muestran, por la pluma de Bohigas, la idea urbanística que aprovechó Barcelona y que tuvo que ver con la celebración de la vida del barrio. Ambos son una rareza en librerías de nuestro continente y aunque habría que revisar a fondo el tema de derechos de autor, seguramente editoriales académicas latinoamericanas podrían animarse a una coedición o reedición. Entre los dos, Realismo, urbanidad y fracasos tiene el tono más cercano, seguramente porque nació con forma de tres conferencias impartidas en la Universidad de Navarra, en 1999. Bohigas mamó del Modernismo y lo criticó al mismo tiempo, pero es en su reforma urbana para las olimpiadas del 92 donde confirma su divorcio. Nada de largas autopistas ni cambios traumáticos, el catalán quiso aprovechar la ubicación marítima de Barcelona y su clima a través de paseos y vínculos peatonales entre barrios al despejar calles venidas a menos y pensar en edificios no muy altos que respetaran el derecho de cada ciudadano a la luz del Mediterráneo, que es permanente.

Por lo general, una idea genial viene seguida de una larga lista de imitaciones que a menudo la desmerecen y el apogeo barcelonés que devino en un importante intercambio creativo con el resto del mundo pronto se encontró con el euro, con una economía inflada, con arquitectos incapaces y con gobiernos demagogos. El modelo Barcelona ha sido el de una decadencia urbana durante los últimos diez años, o al menos eso es lo que dejan entrever Manuel Delgado en La ciudad mentirosa (Catarata) y Marc Caellas en Carcelona (Melusina).

Desde una perspectiva especialmente filosófica y política, Delgado señala que el gran peligro de la Barcelona actual está en la entrega ciega de la ciudad al turismo, en lo que viene siendo una transacción capitalista que expulsa “a cualquier habitante o forastero considerado insolvente”. Una crítica al consumismo, sí, pero que nace en la experiencia diaria de Delgado, quien vive en Barcelona y se siente empujado por ella. Tanto él como Caellas, economista de formación y gestor cultural por vocación, comparten la desolación de quien está enamorado de alguien que le hace daño. Ambos observan a su ciudad, señalan sus defectos y detrás de cualquier constructo teórico está el deseo de reconciliarse con la Barcelona que recuerdan o que prefieren.

Lo que Delgado llama “reapropación capitalista de la ciudad”, Caellas lo convierte en el móvil de cada pequeña crónica. Carcelona nació como un blog y se reconvirtió en libro con muchísimo material inédito que conserva el humor negro, la mirada antipática. Una de las virtudes del libro está en ese tono, pues el autor parece estar sentado en una plaza o en la terraza de algún bar viendo el mundo derrumbarse, pero sin soltar la prensa ni la cerveza.

Así, Caellas reúne teorías muy especulativas con datos duros de los medios más tradicionales de Cataluña como quien quiere usar las propias armas del enemigo para destruirlo. Carcelona es un libro local en términos espaciales, pero su aproximación teórica aplica para cualquier ciudad entregada a intereses ajenos a los del propio ciudadano. Aunque su edición física tiene distribución precaria, otra opción –bastante más económica, además– es comprarlo en el portal www.sigueleyendo.es, sin fronteras ni intermediarios.

La metrópolis como solución

Pero es un economista de Harvard, no un arquitecto ni un urbanista, quien pretende zanjar todo este infinito debate sobre cómo deben ser las ciudades. Edward Glaeser ha sido muy celebrado por un libro en verdad digno de aplauso por la cantidad y calidad de la información que brinda, así como por la generosidad y firmeza con que al mismo tiempo despliega sus puntos de vista. Porque él no está necesariamente de acuerdo con todo el mundo ni con el discurso hoy dominante sobre el asunto urbano.

En El triunfo de las ciudades (Taurus) Glaeser trabaja duro para desarrollar lo que la versión española resumió muy bien en su subtítulo: “Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más sostenibles, más sanos y más felices”. Incluso el orden en que se colocaron esos adjetivos revela algo de la perspectiva de Glaeser. Con números en la mano, este catedrático alega que las urbes han sido el mayor invento humano puesto que han promovido el progreso al juntar la gente talentosa y ayudarla a ser más productiva al conocerse entre sí, un aspecto que él repite varias veces a lo largo de su libro en relación con la Bangalore de hoy, la Florencia del Renacimiento, el Manhattan de siempre.

Pero tiene cuidado de advertir los matices: no olvida explicar que el célebre Silicon Valley de California es un área muy poco densa, algo que contradice su tesis de que la densidad metropolitana es un caldo de cultivo perfecto para los negocios y la creatividad. Como tampoco deja de contar su propia historia de por qué dejó Boston y Nueva York para vivir en un suburbio, una vez que se convirtió en padre de tres hijos y necesitaba más espacio, un tema que le sirve para exponer, con poderosa claridad, la razón por la cual tantos estadounidenses se están mudando a las extensas áreas suburbanas del sur de su país en desmedro de las carísimas metrópolis de la costa este.

Glaeser pone mucha atención en la relación entre costos inmobiliarios y regulaciones de construcción, y clama porque estas últimas se flexibilicen de manera que las grandes metrópolis cumplan la promesa democrática que sí están cumpliendo las ciudades más bien conservadoras del sur, paradójicamente. Advierte, de modo muy pertinente, que la hermosa París tan rigurosamente conservada es tan cara que solo los ricos pueden vivir en ella (o los turistas, como en “Carcelona”). Menciona también que a los vecinos del Guggenheim de Bilbao que no les gustan ni el arte ni los turistas estarán aún menos contentos con el modo en que les han subido las rentas.

Glaeser, criado en el Greenwich Village de Nueva York, recuerda con cariño las ideas y las acciones de Jane Jacobs, pero explica que el lado oscuro de preservar los barrios históricos es que eso impide el crecimiento de una ciudad y el que pueda satisfacer las necesidades de más personas. Un argumento válido, sin duda.

La opinión de Glaeser es que la ciudad densa, mixta y con rascacielos –una posición intermedia entre el evangelio de Jacobs y el empuje de los desarrollistas– es la que puede salvar el planeta, al congregar dentro de sí a las mayorías y obligarlas a consumir los recursos más eficientemente.

Una arista valiosa de El triunfo de las ciudades es el tema de qué hace a una ciudad competitiva y qué la hace decaer: cuenta con mucho acierto cómo decayeron Detroit y Buffalo, y cómo en cambio pudieron reinventarse, varias veces, Boston y Nueva York. La sustentabilidad no es el fuerte de Glaeser y no le dedica mucho espacio ni mucha data, pero su punto es digno de considerar: en vez de decirnos que volvamos a la idílica naturaleza, deberían promover que nuestras ciudades sean mejores para que nos quedemos dentro de ellas y dejemos al campo en paz, para que produzca alimentos y mantenga intactas las áreas naturales.

La vuelta al mundo en 1.037 edificios

The Phaidon Atlas of 21st Century World Architecture de la siempre impecable Phaidon es una de las guías de viaje más interesantes que se han editado en los últimos años. Lo que propone la editorial es un mapa de todos los continentes, que entre 89 países destaca 1.037 edificios de 643 arquitectos. Una titánica recolección de datos cuya ambición dificulta la evaluación de la curaduría, aunque a primera vista parece que los edificios que deben estar, están.

Seis capítulos, seis colores, seis continentes (América se divide en Sur y Norte), si bien la mitad de la paginación se la lleva Europa. Cada edificio tiene su foto y nombre, los datos del estudio encargado, la dirección, el año en que fue construido y una brevísima reseña que argumenta de forma convincente por qué está incluido en el Atlas, cuya versión de bolsillo es más fácil de conseguir que la de lujo, bastante más grande y desaconsejada para llevar en la maleta.

Caracas no ha muerto

Entre los muchos libros que alcanzó a editar la Fundación para la Cultura Urbana, varios dirigidos de uno u otro modo a la ciudad, resaltan por su interés para gestores y habitantes de la Caracas del presente el lujoso Caracas cenital –un coffee table book con magníficas fotos aéreas de Nicola Rocco y ensayos de Alejandro Oliveros y el desaparecido William Niño, entre otros— y la antología La cosa humana por excelencia, de Marco Negrón. Este arquitecto y profesor en la UCV es una de las voces más importantes en Venezuela en materia de comprensión de la ciudad como un todo, y el volumen recoge sus artículos de prensa y por tanto sus mayores puntos de vista. Negrón dice que una gran megalópolis se está formando entre Guatire y Puerto Cabello, y habla en profundidad sobre los problemas de inseguridad, movilidad y gobernabilidad que tanto atosigan a los capitalinos. Hay mucho material aquí, que permite entender por qué siempre hay tráfico, por qué están condenados al carro quienes viven en el sureste o en Guarenas a menos que se creen fuentes de trabajo cerca de donde duermen, y hasta qué punto hace daño a la ciudad la escisión política. Aspectos polémicos como qué hacer con La Carlota, el Parque del Este, los barrios, los sismos y las lluvias están presentes también.

La redención de Medellín

Luego de Curitiba, y en menor medida la hoy complicada Bogotá, Medellín ha obtenido mucha buena fama por una gestión local que la hizo atractiva, menos violenta y más democrática. El Centro de Estudios Urbanos y Ambientales de la Universidad EAFIT publicó un libro colectivo –los editores fueron Michel Hermelin Arbaux, Alejandro Echeverri Restrepo y Jorge Giraldo Ramírez– que reúne para el interesado un panorama enjundioso de qué fue lo que allí se hizo, más allá de las famosas bibliotecas encima de las comunas. En un registro bastante técnico, Medellín: medio-ambiente, urbanismo, sociedad comienza por el mero principio, la geología sobre la cual se yergue la ciudad paisa, y termina con la demografía, su aspecto más cambiante y, literalmente, más vivo. Con lo que parece ser todas las imágenes y cuadros necesarios, este libro es muy valioso no solo por el caso que relata sino por la diversidad de sus enfoques, pues la ciudad es un organismo inmensamente complejo que solo puede comprenderse, y por supuesto gestionarse, en equipo y de manera multidisciplinaria.

 

 

 

 

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¿La salvación del planeta? La gran ciudad (II)

Más de un mes después de lo que había prometido en el post anterior, voy con mi resumen de lectura del libro de Edward Glaeser, Triumph of the City.

También fue publicado en español, por Taurus, con el título de “El triunfo de las ciudades”

Edward Glaeser ha sido muy celebrado por un libro en verdad digno de aplauso por la cantidad y calidad de la información que brinda, así como por la generosidad y firmeza con que al mismo tiempo despliega sus puntos de vista. Porque él no está necesariamente de acuerdo con todo el mundo ni con el discurso hoy dominante sobre el asunto urbano.

Glaeser trabaja duro para desarrollar lo que la versión española resumió muy bien en su subtítulo: “Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más sostenibles, más sanos y más felices”. Incluso en el orden en que se colocaron esos adjetivos revela algo de la perspectiva de Glaeser. Con números en la mano, este catedrático alega que las urbes han sido el mayor invento humano puesto que han promovido el progreso al juntar la gente talentosa y ayudarla a ser más productiva al conocerse entre sí, un aspecto que él repite varias veces a lo largo de su libro en relación con la Bangalore de hoy, la Florencia del Renacimiento, el Manhattan de siempre.

Pero tiene cuidado de advertir los matices: no olvida explicar que el célebre Silicon Valley de California es un área muy poco densa, algo que contradice su tesis de que la densidad metropolitana es un caldo de cultivo perfecto para los negocios y la creatividad. Como tampoco deja de contar su propia historia de por qué dejó Boston y Nueva York para vivir en un suburbio, una vez que se convirtió en padre de tres hijos y necesitaba más espacio, un tema que le sirve para exponer, con poderosa claridad, la razón por la cual tantos estadounidenses se están mudando a las extensas áreas suburbanas del sur de su país en desmedro de las carísimas metrópolis de la costa este.

Glaeser pone mucha atención en la relación entre costos inmobiliarios y regulaciones de construcción, y clama porque estas últimas se flexibilicen de manera que las grandes metrópolis cumplan la promesa democrática que sí están cumpliendo las ciudades más bien conservadoras del sur, paradójicamente.

Advierte, de modo muy pertinente, que la hermosa París tan rigurosamente conservada es tan cara que solo los ricos pueden vivir en ella. Menciona también que a los vecinos del Guggenheim de Bilbao que no les gustan ni el arte ni los turistas estarán aún menos contentos con el modo en que les han subido las rentas.

Glaeser, criado en el Greenwich Village de Nueva York, recuerda con cariño las ideas y las acciones de Jane Jacobs -la activista y pensadora urbana que dejó, entre otros, el influyente libro Death and Life of Great American Cities- , pero explica que el lado oscuro de preservar los barrios históricos es que eso impide el crecimiento de una ciudad y el que pueda satisfacer las necesidades de más personas. Un argumento válido, sin duda.

La opinión de Glaeser es que la ciudad densa, mixta y con rascacielos –una posición intermedia entre el evangelio de Jacobs y el empuje de los desarrollistas- es la que puede salvar el planeta, al congregar dentro de sí a las mayorías y obligarlas a consumir los recursos más eficientemente.

Una arista valiosa de El triunfo de las ciudades es el tema de qué hace a una ciudad competitiva y qué la hace decaer: cuenta con mucho acierto cómo decayeron Detroit y Buffalo, y cómo en cambio pudieron reinventarse, varias veces, Boston y Nueva York. El tema de la sustentabilidad no es el fuerte de Glaeser y no le dedica mucho espacio ni mucha data, pero su punto es digno de considerar: en vez de decirnos que volvamos a la idílica naturaleza, deberían promover que nuestras ciudades sean mejores para que nos quedemos dentro de ellas y dejemos al campo en paz, para que produzca alimentos y mantenga intactas las áreas naturales.

Algunos datos de los muchos que entrega Glaeser en Triumph of the City:

  • Nueva York creció como un puerto, luego incorporó la industria textil y el comercio, y terminó haciéndose una metrópolis global que hoy dedica el 40% de su nómina al sector financiero. Incluso dentro de la actual crisis económica sus sueldos promedio han subido 11,9%, entre 2009 y 2010. Manhattan es la zona con mejores sueldos de EEUU, seguida por Silicon Valley.
  • Menos de un tercio de los habitantes de Nueva York acuden a sus trabajos en vehículo propio, a diferencia del 86% de los habitantes del resto de Estados Unidos. Pero con lo que cuesta un muy pequeño apartamento en Nueva York, uno se puede comprar una casa grande en Houston. Nueva York, Boston y hasta Las Vegas usan mucha menos electricidad que ciudades con un considerable sprawl, como Dallas o Phoenix.
  • Boston, otra ciudad de origen portuario, pudo reinventarse varias veces y sobrevivir a varias oleadas de decadencia: hoy es un polo académico, de investigación y de biotecnología. Chicago pudo también migrar de su dependencia de la agroindustria al sector servicios e industrial. Mientras que Detroit y Buffalo no pudieron salir adelante, y han perdido al menos un tercio de la población que tenían hace pocas décadas, porque tenían unas pocas grandes y pesadas empresas en lugar de muchas pequeñas empresas más ágiles y capaces de sobrevivir a los cambios tecnológicos, y porque su población es en su mayoría poco educada, mano de obra fácilmente reemplazable por la más barata que está en Asia. En estas ciudades se ha perdido mucho dinero invirtiendo en infraestructura, en lugar de hacerlo en la educación de la gente.
  • El ingreso per cápita es casi cuatro veces mayor en países con mayoría de población urbana que en países con mayoría de población rural.
  • Por cada año de escolaridad adicional, una persona puede aspirar a 8% más de ingresos. Glaeser parece hablar aquí en términos globales, ciertamente una generalización muy gruesa para un asunto como este, por lo que me parece que hay que tomar este dato con cuidado, así como el siguiente: por cada año de escolaridad promedio adicional, una nación puede aspirar a 30% más en ingreso nacional per cápita.
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¿La salvación del planeta? La gran ciudad

El título de este post puede resultar para la mayoría al menos sorpresivo, por no decir tramposo. Una frondosa tradición nacida en la Revolución Industrial y trasplantada con facilidad a una América Latina siempre propensa a idealizar su pasado agrícola sostiene que la ciudad es mala, es nociva por sí misma, que es cuna de todos los delitos y todas las injusticias.

Combinar usos residenciales y comerciales aprovecha la densidad urbana y sus recursos, y reduce la dependencia del automóvil.

Los latinoamericanos nos hemos tenido que acostumbrar a que distintos gobiernos de izquierda, de derecha o de centro inventen mover o vaciar las capitales, entre muchos otras distopías que se les ocurren, porque para ellos y muchos más la ciudad tiene la culpa del hecho de que no saben o no quieren resolver los principales problemas de sus sociedades, que puede que estén presentes en todo el país pero son sin duda más visibles en las urbes, así como más objeto de debate y de protesta, porque la ciudad significa también -otra cosa que no solemos reconocerle- más democracia. Imperfecta, por supuesto, imperfectísima, pero mucha más que la que teníamos en el pasado agrario y despoblado de nuestras violentas repúblicas.

En fin; la novedad es que en un mundo donde el crecimiento poblacional se da sobre todo en las grandes urbes, y en el que éstas se multiplican sobre todo en las naciones menos prósperas, emerge un grupo de especialistas que reúnen y difunden argumentos sobre un paradigma que ha ido estableciéndose en los últimos años: el que asegura que no solo no son las ciudades la causa de los grandes problemas de la especie humana, sino que de hecho representan su mayor posibilidad de solución. Específicamente, la ciudad con la densidad correcta.

La revista National Geographic publicó dentro de su serie sobre el hito demográfico de los siete millardos de habitantes un trabajo que abre este tema, y cuyas ideas y datos más resaltantes resumimos a continuación (el tema es enorme y no es la primera vez que lo tocamos; sobre el libro de Edward Glaeser ampliaremos el viernes 8 de junio).

  • Hay 54 urbes con más de 5 millones de habitantes, la mayoría en Asia, y 21 en el mundo en desarrollo. Las regiones metropolitanas que unen varias ciudades están llegando a los 50 millones de personas en China y África. Para 2010, 442 urbes en el mundo tenían más de un millón de habitantes. Será en las ciudades donde nacerá la mayor parte de los dos millardos de seres humanos que acrecentarán la población humana de aquí a 2050. 
  • En su libro El triunfo de las ciudades el economista de Harvad Edward Glaeser dice que no existe un país urbanizado pobre ni un país rural rico; que al contrario de lo que decía Ghandi, el futuro de India no está en sus poblados sino en Bangalore; que los pobres acuden a las ciudades porque ahí está el dinero y que éstas son más productivas que el campo porque la gente está más cercana entre sí y por tanto es más fácil transportar mercancías y recursos, encontrarse y establecer vínculos de toda índole, permitir que las ideas nazcan y circulen. Glaeser sostiene que las ciudades exitosas incrementan los beneficios de ser inteligente y valoran más el conocimiento que el espacio, y que en ellas hasta quienes menos ganan, ganan más que si no estuvieran trabajando allí sino en una urbe menor o en el campo.  
  • El ambientalista Stewart Brand dice que una ética que consista en volver al campo sería desastrosa, porque una ciudad compacta es más eficiente con el uso de la energía, y porque desperdigar a la población significa también desperdigar los problemas que la gran población genera, como los desechos sólidos.
  • David Owen, autor de Green Metropolis, apunta que Nueva York emite menos carbono que el promedio nacional de Estados Unidos, porque, entre otras razones, sus apartamentos requieren menos energía para calentarse que una casa amplia en un suburbio de Wisconsin.
  • Según David Satterwhaite, del Instituto Internacional para el Ambiente y el Desarrollo, la solución al crecimiento urbano no es impedir que siga mudándose gente a las ciudades, sino hacerlas mejores, administrarlas adecuadamente. La expansión, o sprawl, promovida por el transporte barato y los mejores ingresos que permiten pasar del apartamento a la casa, incrementa el uso de energía y reduce la cantidad de tierra y agua disponibles para producir alimentos (además de la pérdida de biodiversidad que significa el tumbar un bosque o desecar un pantano para construir viviendas).
  • El urbanista Sholmo Angel propone establecer zonas verdes antes de que se sigan extendiendo las ciudades y garantizar desde ya los corredores de transporte público para las ciudades por venir. “Todo comienza por ver las ciudades en crecimiento como concentraciones de energía humana que hay que organizar y aprovechar”.
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Las ciudades inteligentes según Time

La revista Time tiene esta serie sobre cómo la conectividad ayuda a determinadas urbes a prosperar, a incrementar sus posibilidades creativas, educativas y económicas. Vale la pena darle un vistazo (está en inglés): Intelligent Cities: Wifi in New York City Parks – TIME.

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La apuesta

(Por su estrecha vinculación con el problema urbano publico también aquí mi artículo ya publicado el 7 de mayo de 2012 en la revista Todo en Domingo)

Cuando llegue el momento de comenzar a reconstruir Venezuela, que está por cierto acercándose, momento en el que de paso tendremos que aprovechar para fajarnos porque el país empiece a ser todo lo bueno que debería ser, habrá que hacer una apuesta personal. No la harán todos, porque hay que gente que nunca entenderá, que nunca pondrá de su parte. Pero definitivamente muchos de nosotros tendremos que pasar del deseo a la propuesta y de la propuesta a la acción. Tendremos que hacer un abono cotidiano e individual porque las cosas sean mejores, aunque al principio no veamos un resultado de eso, aunque nadie nos lo agradezca y aunque una voz interior nos diga que todos los demás están comportándose como si lo colectivo no valiera la pena.

Es una cosa de tener fe, o mejor dicho de invertir en fe. Digo que hay que invertir en ella porque es como cuando uno quiere montar un negocio: uno no puede tener la certeza sobre si le va a ir bien o no, pero se arriesga con esos reales porque sabe que sin ellos el proyecto nunca podría arrancar. Lo mismo pasa con la vida en este país. Hay que hacer una inversión de confianza. Sobre todo, de confianza en los demás. Moderada, cautelosa, está bien, pero más confianza que la que hoy tenemos.

Ésta es una sociedad de bajísima confianza. Hay que mejorar eso, y mucho. Casi nadie confía en los demás o confía demasiado poco. Esa desconfianza paraliza o inhibe que se hagan cosas pensando en el largo plazo y genera numerosos costos y obstáculos. El Estado desconfía de la población, la población del Estado, los padres de los hijos, las esposas de los esposos. Cunde la sospecha entre los compañeros de trabajo o de estudio, el “yo no quiero tener problemas contigo así que no te me acerques”, el “a mí el que me busca me encuentra”. Una sociedad a la defensiva difícilmente puede progresar. Y no es que no haya razones para estar alerta, pero hay que bajar las defensas para poder mirar alrededor. Con los sentidos acorazados y las armas en ristre no se puede convivir.

Esa apuesta implicará, en ciertas ocasiones, dar un paso atrás. Cortar la espiral del insulto, la espiral de la agresión, la que se forma cuando uno responde al otro y éste a su vez debe superar la nueva afrenta con una peor, hasta que desaparece toda posibilidad de diálogo y sólo queda el combate. Acallar a última hora esa injuria que nos provoca soltarle al motorizado o al empleado del banco. Desactivar la bomba de tiempo que se nos despierta por dentro cuando creemos ver una provocación. Esto no es un campo de batalla, aunque a veces los parezca. Es un país.

También tiene que ver con cumplir las normas, porque muchas veces no lo hacemos porque asumimos que más nadie lo hará y no queremos ser el único bolsa que se porta bien. Pero bueno, para reactivar los valores de la vida en común habrá que ser, ni modo, el único bolsa que se porta bien. Si los demás se saltan la luz del semáforo, no lo hagas tú. Si los demás no dicen buenos días cuando entran al ascensor, hazlo tú. En eso consiste esa inversión: pon lo tuyo y trabaja. Con toda seguridad, seguirá habiendo gente que pretenda vivir del esfuerzo de los demás. Pero quien es decente -¿se acuerdan de ese valor, la decencia?- hace lo que considera correcto al margen de lo que decidan los demás. Mientras más venezolanos hagan esa inversión, mientras más de nosotros nos atrevamos con esa apuesta, más rápido mejorará el ambiente de crispación y de agresividad en el que nos hemos acostumbrado a sobrevivir.

 

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Mi opinión sobre “Caracas, ciudad de despedidas”

Desde ayer 3 de mayo de 2012, se encendió en las redes sociales una espiral de críticas y de insultos sobre un video titulado “Caracas, ciudad de despedidas” que hasta hace poco estuvo disponible en YouTube y que dura poco más de 17 minutos. Para quienes no lo han visto: recoge testimonios de un puñado de jóvenes de clase media o clase media alta o clase alta -no puedo saberlo con certeza- que reconocen que aunque se han criado en Caracas, todos quieren vivir en otra parte o al menos han pensado en hacerlo. Algunos de ellos se expresan en términos muy duros sobre la vida en la ciudad. Todos hablan desde una visión de la capital venezolana, de sus problemas y de su historia muy reducida, tan reducida como (poco más de un par de los entrevistados lo reconoce) ha sido su vivencia de ella, restringida a unos pocos kilómetros, a una educación privada, etc.

Entre las reacciones que he visto en Twitter, he visto un rango que va desde los que los califican de idiotas, de niñitos de papá sin nada en la cabeza, hasta gente que dice que si son tan imbéciles más bien le harán un favor al país si en efecto emigran, e incluso quienes han dicho que si se los encuentran en la calle les caerían a balazos.

Ante esa situación, paso a expresar mi opinión en este espacio por tres razones. Una, porque toca un tema directamente vinculado con el ánimo mayoritario, me atrevería a decir, que existe en la ciudad de Caracas sobre el modo en que se vive en ella, un ánimo en el que predominan el descontento, la impaciencia y la ira. Dos, porque se refiere a un asunto que me parece muy relevante pero del que poco nos atrevemos a hablar en Venezuela: la emigración, que no es importante en términos cuantitativos frente a nuestros vecinos pero sí en términos cualitativos por la calidad profesional de la mayoría de los emigrantes. Y tres, porque dos de los muchachos entrevistados, dos de quienes han sido insultados ayer y hoy por cientos de personas que no los conocen, han sido alumnos míos.

Digo esto último porque es algo por lo que muchos desestimarán el juicio que voy a emitir a continuación y justamente por eso no quiero ocultarlo. Advierto de entrada que en este blog publico todo comentario que no contenga injurias, ni hacia mí ni hacia nadie: ya hay demasiadas en la arena pública venezolana y demasiadas en Internet.

En primer lugar, como periodista me parece un video bastante amateur, con nivel estudiantil pero no profesional, que no merece el nombre de documental y que toca un tema muy sensible sin datos, sin contexto, sin narrativa y sin una muestra representativa de lo que es la sociedad caraqueña. Esos muchachos representan, yo también lo creo, a un sector socioeconómico minoritario. Tienen la misma edad que los que al otro lado del espectro socioeconómico matan y mueren a montones en las áreas pobres.

Como habitante de Caracas, no me parece que transmitan una visión de la ciudad que trascienda los lugares comunes que mucha gente tiene sobre ella. Uno no sólo puede sacar conclusiones sobre lo que sobrevivió a la edición del video y según eso lo que ellos dicen, salvo algunos pocos matices, no refleja sino el desconocimiento que ellos (como creo que la mayoría de los cuatro millones que vivimos aquí) tiene sobre por qué esta ciudad disfunciona de esta manera. Dicen que es violenta, ruidosa y desordenada, algo con lo que estoy de acuerdo. Yo monté un blog para pensar, aprender y escribir sobre por qué eso es así; otros hacen activismo, gestión pública, arquitectura, urbanismo o investigación; la mayoría, igual que ellos, solamente se queja.

Como venezolano, creo que ellos plantean algo legítimo: el deseo de irse. Yo también, como ellos, he tenido que despedir a mucha gente. Creo que cualquier persona posee o debe poseer el derecho de elegir quedarse en su país (en éste o en cualquiera) o de irse de él adonde quiera y/o pueda. Es un derecho humano universal, de hecho: tener una nacionalidad. No me parece en absoluto un acto de cobardía marcharse de un país con 19.000 homicidios en 2011, ni tampoco me parece que lo sea decidir quedarse en él, sea porque no se puede emigrar o porque simplemente no se quiere.

Finalmente, como ciudadano demócrata y que cree en la libertad humana, tanto de desplazamiento como de pensamiento y opinión, me parece aterrador, espantoso, inmensamente reprobable que esos muchachos (tanto los realizadores del video como los entrevistados) estén siendo atacados verbalmente de esa manera. Que uno no esté de acuerdo con el modo en que fue hecho el video o el modo en que ellos se expresan no otorga el derecho a injuriarlos ni a amenazarlos. No es un crimen querer irse de Caracas o de París o de Washington DC o de Kuala Lumpur. Crimen es mandar a la cárcel a alguien inocente, robarse el dinero público, declarar oficialmente loco a un agricultor que hace una huelga de hambre para que le devuelvan su tierra; crimen es matar, robar, secuestrar. Y no sé si los que han prometido violencia a esos muchachos se la han prometido también a quienes han hecho y hacen cosas indudablemente peores que decir que, me perdonan el tecnicismo, “Caracas es una mierda”.

La reacción que ha provocado ese video mediocre y esa imprudencia de esos jóvenes tan poco conscientes de cómo debe uno referirse en público a un tema colectivo y delicado ha terminado por sepultar, para mí, el contenido de “Caracas, ciudad de despedidas”. Lo que me revela, tristemente no por primera vez, es la tenebrosa facilidad con que en este país alguien es capaz de injuriar y de amenazar a otro por un motivo tan fútil como éste. La reacción que ha habido da cuenta de la magnitud que la cultura de la violencia ha tomado entre nosotros, porque la violencia también es verbal. Si alguno de esos muchachos había dudado sobre si emigrar o no, entre ayer y hoy les han dado un tremendo impulso para bajar, cuanto antes, al aeropuerto, confirmando todos los prejuicios que ellos han podido albergar sobre quienes habitamos Caracas.

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