Algunos buenos libros sobre ciudades

(Originalmente publicada en las revistas El Librero Venezuela y El Librero Colombia y redactada junto con Marcel Ventura. Algunos extractos de esta misma nota fueron convertidos en los posts sobre Jane Jacobs y Edward Glaeser, pero éste es el material original y sirve para proponer una visión de conjunto, una antología)

PORTADA

A la urbe de hoy hay que leerla con cuidado

En febrero del año pasado el cineasta estadounidense Gary Hustwit tenía dificultades financieras para terminar su documental Urbanized, así que acudió a la red colaborativa Kickstarter para pedir 85.000 dólares. En pocas semanas, 1.814 personas se metieron en la página, vieron el video promocional, leyeron la descripción y decidieron apoyar la iniciativa con un total de 118.505 dólares. De ese grupo de gente, 764 donaron 10 dólares y alguien llegó a aportar 5.000, pero Urbanized no es una película de acción, ni una porno, ni una comedia; es un largometraje que cuenta cómo ciudades alrededor del mundo están asumiendo desafíos urbanos de diversa índole, ya sea en Stutgart, Copenhague, Brasilia y Santiago de Chile, como en Nueva Orleans, Mumbai, Ciudad del Cabo y Bogotá.

Urbanized está en internet desde el pasado mes de marzo gracias a esas 1.814 personas y aunque se pueden extraer varias conclusiones, en El Librero queremos ser optimistas y pensar que cada vez más ciudadanos se están interesando por el espacio que habitan. Algo similar ha ocurrido en la oferta de libros, con clásicos reeditados, como Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing), traducciones de novedades notables, como El triunfo de las ciudades (Taurus), autores escribiendo en español de forma permanente, como Manuel Delgado y Llàtzer Moix, y textos académicos de alcance divulgativo, como Medellín: medio-ambiente, urbanismo, sociedad (EAFIT). Todos tienen en común su utilidad –aportan datos, muestran fotos, citan otros libros igual de interesantes, exponen ideas claras– y si bien es complicado ubicar algunos, vale la pena el esfuerzo por ampliar la biblioteca.

Aunque sin distribución oficial en Venezuela, el sello independiente Capitán Swing Libros está tomando mucho espacio en vitrinas de librerías iberoamericanas, incluidas las colombianas, y a esa pequeña empresa hay que agradecerle el rescate de Muerte y vida de las grandes ciudades, en sintonía con la atención que, 51 años después de su primera edición, recibe este libro de parte de todos los que hoy pelean contra el suburbio, la autopista, la dependencia del automóvil y el dispendio de energía.

Jane Jacobs fue la esposa de un arquitecto, Robert Jacobs, y vivió una larga y fructífera vida en su natal Estados Unidos y luego en su país de adopción, Canadá. Sin haberse graduado nunca en nada, fundó una línea de pensamiento que está perfectamente viva hoy, pero desde el activismo, aunque luego colaboraría abundantemente con los medios y dejaría su legado intelectual adecuadamente documentado en The Death and Life of Great American Cities, como se llama originalmente su libro de 1961, y en otros títulos.

Ella organizó varias campañas para impedir que las autopistas atravesaran Manhattan y los barrios históricos como el Greenwich Village fueran derruidos, y en el camino estableció una lista de leyes sobre la densidad urbana que hoy son objeto de debate y, como en el momento en que se formularon, armas arrojadizas contra el gran capital de la construcción y los alcaldes insensibles.

Esas ideas están presentes en Muerte y vida de las grandes ciudades. Jacobs decía que las ciudades deben tener aceras y comercios en los bajos de los edificios para que la gente interactúe a pie y se conozca; que deben ser mixtas y que deben celebrar su diversidad, para reducir los conflictos y para que cada área esté usada las 24 horas, por lo cual siempre hay gente despierta y cuidándola; que su patrimonio arquitectónico debe ser respetado, y que en una urbe uno debe tener el derecho de conocer a sus vecinos y a sus comerciantes, poder ver el cielo sin que lo tape un rascacielos, estar al tanto de cuáles fueron sus orígenes, etc. Que las ciudades sean para las personas, no para los automóviles, y para todas las personas, no solo los ricos y poderosos.

La trampa del espacio

Si Jane Jacobs es la gran vocera de la ciudad vista a pie y no desde el aire, el trabajo teórico del antropólogo español Manuel Delgado dialoga con Muerte y vida de las grandes ciudades, ya que en El espacio público como ideología (Catarata) critica a los gobiernos que favorecen a pequeños grupos privilegiados llenándose la boca con la idea del urbanismo como oportunidad de inclusión democrática.

Aunque está cargado de referencias sociológicas, antropológicas y filosóficas poco familiares para lectores no especializados, los argumentos son muy claros: el concepto de espacio público como un “vacío entre construcciones que hay que llenar de forma adecuada” no tiene más de 30 años y en ese tiempo se han cruzado tantas definiciones y visiones que el urbanismo se está llenando de equívocos.

Es difícil quitarle razón a Delgado cuando habla de proyectos que reforman centros históricos quitándole todo lo histórico, Estados que piensan en atraer turistas antes que en conservar a sus ciudadanos, especulación inmobiliaria en áreas de interés público o de resguardo ambiental. Ya por esos ejemplos es bueno acercarse al libro, escrito antes de la vigente crisis española con una terrible cualidad profética, pero El espacio público como ideología no solo señala una larga lista de errores, también se aproxima a una idea de urbanismo incómoda para gobiernos manipuladores: “Resulta ingenua e injustificada la pretensión (…) de que la constitución desde el proyecto de una morfología urbana determina de manera automática la actividad social que se va a desarrollar en su seno”, idealismo que para Delgado guarda cierto componente tiránico. Sus ensayos son una defensa de la democracia, víctima de sí misma, y una reivindicación de la pequeña vida del barrio y de la libertad individual.

Excesos del optimismo urbano

También con ánimo crítico, casi de contraloría, Llàtzer Moix publicó en Anagrama Arquitectura milagrosa con una documentación precisa y datos duros para demostrar algo que debería estar claro: pagarle una millonada a un arquitecto para que piense en un edificio millonario no garantiza que la ciudad –o el pueblo– en cuestión pueda aspirar a movilizar más millones en su economía. Moix es español y se limita a casos españoles, pues en Bilbao está la experiencia clave que explica la falacia del arquitecto que puede cambiar el rumbo de las cosas.

Fue en la capital del País Vasco donde a mediados de los 90 un ya mayor y no muy conocido Frank Ghery imaginó la célebre sede del Museo Guggenheim, punto de quiebre que marcó un hito en la ciudad, pues desde entonces aumentó exponencialmente sus ingresos turísticos. Bilbao, ciudad gris y sin atractivo evidente, encontró una postal de exportación que otras ciudades españolas quisieron para sí mismas, comenzando así una debacle de edificios desproporcionados.

Moix es especialmente duro con estructuras costosas que se han financiado con dinero público y aunque Arquitectura milagrosa tiene mucho de denuncia, no deja de ser una narración amena que lleva al lector de viaje por toda España para leer –escuchar– de primera mano lo que cada protagonista tiene que decir. Concursos arquitectónicos amañados, urbanizaciones fantasmas, edificios costosos completamente abandonados u otros inconclusos a punto de ser demolidos.

Hace dos meses, por ejemplo, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ordenó la demolición de la incipiente Biblioteca de la Universidad de Sevilla, cuyas obras estaban paradas desde hacía dos años. El agravante es que su autora es la célebre Zaha Hadid, cuya participación se había anunciado con bombos y platillos en 2008. Son ese tipo de casos los que examina Moix, sin pasar por alto experiencias exitosas como la del Guggenheim y Barcelona 92, de la que hablaremos más adelante.

Europa no es el único continente con optimismos desmedidos y, como la bibliografía en español es limitada, dos libros en inglés exploran el caso de Brasilia, la ciudad que Lucio Costa y Oscar Niemeyer inventaron desde cero con la financiación del gobierno de Juscelino Kubitschek, tan rico como inflacionario. Desde el punto de vista político, Brasilia habla de las ambiciones de ese país, que creó una nueva capital en 1960 como muestra de poder, pero al mismo tiempo marca el comienzo del declive hacia la dictadura militar que tomaría las riendas en 1964.

Brasilia es lo que el padre del Modernismo, Le Corbusier, hubiera querido hacer siempre, un lienzo para vaciar todas las ideas de esa escuela y si bien su influencia fue directa, los responsables intelectuales son Costa –desde el punto de vista de planificación urbana– y Niemeyer –en cuanto a edificaciones–. The Modernist City (University of Chicago Press), de James Holston, y Lucio Costa, Brasilia’s Superquadra (Prestel), de Farès El-Dahdah, entran sin miedo en el ruedo de todas las críticas y alabanzas posibles que pueden verterse sobre la ciudad, pero ambos concluyen desde perspectivas distintas que el tiempo confirma a Brasilia como un proyecto insuficiente, fracasado.

Holston es exhaustivo, pero los capítulos más brillantes del libro tienen que ver con la población y con “la muerte de la calle”. El primer punto hace alusión a los mecanismos artificiales que utilizó el gobierno para poblar esa ciudad, cuya densidad es todavía baja –dos millones y medio de habitantes en 5.802 km²–. La mayoría de ciudadanos trabajan en alguna de las muchas oficinas gubernamentales. Es una población que cambia cuando cambian los presidentes.

La muerte de la calle es uno de los puntos fundamentales cuando se critica al Movimiento Moderno y por supuesto que Brasilia no sale librada. En muchos sentidos la capital es la peor pesadilla de Jane Jacobs, ya que fue planificada desde el aire y con la idea de la superquadra murió toda posibilidad de intercambio entre barrios. La superquadra evidencia el racionalismo modernista, que dividía a las ciudades en pequeños grandes centros urbanos interconectados por largas autopistas. Cada uno de esos centros –superquadras– tendría todo lo necesario para vivir en él sin necesidad de salir cada día, desde escuelas hasta supermercados, pero a la hora de pasar del papel al concreto la superquadra mató a la calle y, con ella, al peatón. Cuando uno lee a Holston y a El-Dahdah se convence de que el Movimiento Moderno es el responsable de grandes ideas arquitectónicas, pero a la hora de concebir relaciones urbanas y ciudades su vocación calculadora devino en lo que es Brasilia: una ciudad con autopistas que conectan bellísimos monumentos.

El caso Barcelona: lo que dejan las olimpiadas

En la acera opuesta de Costa y Niemeyer está el catalán Oriol Bohigas, gran responsable de que las olimpiadas de Barcelona 1992 cambiaran para siempre –y para mejor– el mapa de la ciudad. Londres, 20 años después, ha visto en las olimpiadas su propia oportunidad para sortear estos años de crisis –es la única capital europea donde el precio del metro cuadrado ha aumentado desde 2008– y si estructuras como el Acquarium de Zaha Hadid están pensadas para conservar su vigencia como edificio y como entorno urbano en el futuro, es difícil negar que en eso la pauta viene de Barcelona.

Libros como Contra la incontinencia urbana (Electa) y Realismo, urbanidad y fracasos (T6 Ediciones) muestran, por la pluma de Bohigas, la idea urbanística que aprovechó Barcelona y que tuvo que ver con la celebración de la vida del barrio. Ambos son una rareza en librerías de nuestro continente y aunque habría que revisar a fondo el tema de derechos de autor, seguramente editoriales académicas latinoamericanas podrían animarse a una coedición o reedición. Entre los dos, Realismo, urbanidad y fracasos tiene el tono más cercano, seguramente porque nació con forma de tres conferencias impartidas en la Universidad de Navarra, en 1999. Bohigas mamó del Modernismo y lo criticó al mismo tiempo, pero es en su reforma urbana para las olimpiadas del 92 donde confirma su divorcio. Nada de largas autopistas ni cambios traumáticos, el catalán quiso aprovechar la ubicación marítima de Barcelona y su clima a través de paseos y vínculos peatonales entre barrios al despejar calles venidas a menos y pensar en edificios no muy altos que respetaran el derecho de cada ciudadano a la luz del Mediterráneo, que es permanente.

Por lo general, una idea genial viene seguida de una larga lista de imitaciones que a menudo la desmerecen y el apogeo barcelonés que devino en un importante intercambio creativo con el resto del mundo pronto se encontró con el euro, con una economía inflada, con arquitectos incapaces y con gobiernos demagogos. El modelo Barcelona ha sido el de una decadencia urbana durante los últimos diez años, o al menos eso es lo que dejan entrever Manuel Delgado en La ciudad mentirosa (Catarata) y Marc Caellas en Carcelona (Melusina).

Desde una perspectiva especialmente filosófica y política, Delgado señala que el gran peligro de la Barcelona actual está en la entrega ciega de la ciudad al turismo, en lo que viene siendo una transacción capitalista que expulsa “a cualquier habitante o forastero considerado insolvente”. Una crítica al consumismo, sí, pero que nace en la experiencia diaria de Delgado, quien vive en Barcelona y se siente empujado por ella. Tanto él como Caellas, economista de formación y gestor cultural por vocación, comparten la desolación de quien está enamorado de alguien que le hace daño. Ambos observan a su ciudad, señalan sus defectos y detrás de cualquier constructo teórico está el deseo de reconciliarse con la Barcelona que recuerdan o que prefieren.

Lo que Delgado llama “reapropación capitalista de la ciudad”, Caellas lo convierte en el móvil de cada pequeña crónica. Carcelona nació como un blog y se reconvirtió en libro con muchísimo material inédito que conserva el humor negro, la mirada antipática. Una de las virtudes del libro está en ese tono, pues el autor parece estar sentado en una plaza o en la terraza de algún bar viendo el mundo derrumbarse, pero sin soltar la prensa ni la cerveza.

Así, Caellas reúne teorías muy especulativas con datos duros de los medios más tradicionales de Cataluña como quien quiere usar las propias armas del enemigo para destruirlo. Carcelona es un libro local en términos espaciales, pero su aproximación teórica aplica para cualquier ciudad entregada a intereses ajenos a los del propio ciudadano. Aunque su edición física tiene distribución precaria, otra opción –bastante más económica, además– es comprarlo en el portal www.sigueleyendo.es, sin fronteras ni intermediarios.

La metrópolis como solución

Pero es un economista de Harvard, no un arquitecto ni un urbanista, quien pretende zanjar todo este infinito debate sobre cómo deben ser las ciudades. Edward Glaeser ha sido muy celebrado por un libro en verdad digno de aplauso por la cantidad y calidad de la información que brinda, así como por la generosidad y firmeza con que al mismo tiempo despliega sus puntos de vista. Porque él no está necesariamente de acuerdo con todo el mundo ni con el discurso hoy dominante sobre el asunto urbano.

En El triunfo de las ciudades (Taurus) Glaeser trabaja duro para desarrollar lo que la versión española resumió muy bien en su subtítulo: “Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más sostenibles, más sanos y más felices”. Incluso el orden en que se colocaron esos adjetivos revela algo de la perspectiva de Glaeser. Con números en la mano, este catedrático alega que las urbes han sido el mayor invento humano puesto que han promovido el progreso al juntar la gente talentosa y ayudarla a ser más productiva al conocerse entre sí, un aspecto que él repite varias veces a lo largo de su libro en relación con la Bangalore de hoy, la Florencia del Renacimiento, el Manhattan de siempre.

Pero tiene cuidado de advertir los matices: no olvida explicar que el célebre Silicon Valley de California es un área muy poco densa, algo que contradice su tesis de que la densidad metropolitana es un caldo de cultivo perfecto para los negocios y la creatividad. Como tampoco deja de contar su propia historia de por qué dejó Boston y Nueva York para vivir en un suburbio, una vez que se convirtió en padre de tres hijos y necesitaba más espacio, un tema que le sirve para exponer, con poderosa claridad, la razón por la cual tantos estadounidenses se están mudando a las extensas áreas suburbanas del sur de su país en desmedro de las carísimas metrópolis de la costa este.

Glaeser pone mucha atención en la relación entre costos inmobiliarios y regulaciones de construcción, y clama porque estas últimas se flexibilicen de manera que las grandes metrópolis cumplan la promesa democrática que sí están cumpliendo las ciudades más bien conservadoras del sur, paradójicamente. Advierte, de modo muy pertinente, que la hermosa París tan rigurosamente conservada es tan cara que solo los ricos pueden vivir en ella (o los turistas, como en “Carcelona”). Menciona también que a los vecinos del Guggenheim de Bilbao que no les gustan ni el arte ni los turistas estarán aún menos contentos con el modo en que les han subido las rentas.

Glaeser, criado en el Greenwich Village de Nueva York, recuerda con cariño las ideas y las acciones de Jane Jacobs, pero explica que el lado oscuro de preservar los barrios históricos es que eso impide el crecimiento de una ciudad y el que pueda satisfacer las necesidades de más personas. Un argumento válido, sin duda.

La opinión de Glaeser es que la ciudad densa, mixta y con rascacielos –una posición intermedia entre el evangelio de Jacobs y el empuje de los desarrollistas– es la que puede salvar el planeta, al congregar dentro de sí a las mayorías y obligarlas a consumir los recursos más eficientemente.

Una arista valiosa de El triunfo de las ciudades es el tema de qué hace a una ciudad competitiva y qué la hace decaer: cuenta con mucho acierto cómo decayeron Detroit y Buffalo, y cómo en cambio pudieron reinventarse, varias veces, Boston y Nueva York. La sustentabilidad no es el fuerte de Glaeser y no le dedica mucho espacio ni mucha data, pero su punto es digno de considerar: en vez de decirnos que volvamos a la idílica naturaleza, deberían promover que nuestras ciudades sean mejores para que nos quedemos dentro de ellas y dejemos al campo en paz, para que produzca alimentos y mantenga intactas las áreas naturales.

La vuelta al mundo en 1.037 edificios

The Phaidon Atlas of 21st Century World Architecture de la siempre impecable Phaidon es una de las guías de viaje más interesantes que se han editado en los últimos años. Lo que propone la editorial es un mapa de todos los continentes, que entre 89 países destaca 1.037 edificios de 643 arquitectos. Una titánica recolección de datos cuya ambición dificulta la evaluación de la curaduría, aunque a primera vista parece que los edificios que deben estar, están.

Seis capítulos, seis colores, seis continentes (América se divide en Sur y Norte), si bien la mitad de la paginación se la lleva Europa. Cada edificio tiene su foto y nombre, los datos del estudio encargado, la dirección, el año en que fue construido y una brevísima reseña que argumenta de forma convincente por qué está incluido en el Atlas, cuya versión de bolsillo es más fácil de conseguir que la de lujo, bastante más grande y desaconsejada para llevar en la maleta.

Caracas no ha muerto

Entre los muchos libros que alcanzó a editar la Fundación para la Cultura Urbana, varios dirigidos de uno u otro modo a la ciudad, resaltan por su interés para gestores y habitantes de la Caracas del presente el lujoso Caracas cenital –un coffee table book con magníficas fotos aéreas de Nicola Rocco y ensayos de Alejandro Oliveros y el desaparecido William Niño, entre otros— y la antología La cosa humana por excelencia, de Marco Negrón. Este arquitecto y profesor en la UCV es una de las voces más importantes en Venezuela en materia de comprensión de la ciudad como un todo, y el volumen recoge sus artículos de prensa y por tanto sus mayores puntos de vista. Negrón dice que una gran megalópolis se está formando entre Guatire y Puerto Cabello, y habla en profundidad sobre los problemas de inseguridad, movilidad y gobernabilidad que tanto atosigan a los capitalinos. Hay mucho material aquí, que permite entender por qué siempre hay tráfico, por qué están condenados al carro quienes viven en el sureste o en Guarenas a menos que se creen fuentes de trabajo cerca de donde duermen, y hasta qué punto hace daño a la ciudad la escisión política. Aspectos polémicos como qué hacer con La Carlota, el Parque del Este, los barrios, los sismos y las lluvias están presentes también.

La redención de Medellín

Luego de Curitiba, y en menor medida la hoy complicada Bogotá, Medellín ha obtenido mucha buena fama por una gestión local que la hizo atractiva, menos violenta y más democrática. El Centro de Estudios Urbanos y Ambientales de la Universidad EAFIT publicó un libro colectivo –los editores fueron Michel Hermelin Arbaux, Alejandro Echeverri Restrepo y Jorge Giraldo Ramírez– que reúne para el interesado un panorama enjundioso de qué fue lo que allí se hizo, más allá de las famosas bibliotecas encima de las comunas. En un registro bastante técnico, Medellín: medio-ambiente, urbanismo, sociedad comienza por el mero principio, la geología sobre la cual se yergue la ciudad paisa, y termina con la demografía, su aspecto más cambiante y, literalmente, más vivo. Con lo que parece ser todas las imágenes y cuadros necesarios, este libro es muy valioso no solo por el caso que relata sino por la diversidad de sus enfoques, pues la ciudad es un organismo inmensamente complejo que solo puede comprenderse, y por supuesto gestionarse, en equipo y de manera multidisciplinaria.

 

 

 

 

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Acerca de Rafael Osío Cabrices

Autor, asesor y editor independiente especializado en temas de ciudad, cultura y sociedad. Editor en la revista El Librero de Venezuela. Autor de los libros de crónica "Salitre en el corazón: la vida cotidiana en la Cuba del siglo XXI" (Debate, 2003), "El horizonte encendido: viaje por la crisis de la democracia latinoamericana" (Debate, 2008), "La vida sigue" (Los Libros de El Nacional, 2008) y "Apuntes bajo el aguacero: cien crónicas empantanadas" (La Hoja del Norte, edición impresa, y Cognitio, edición electrónica, 2013).
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