¿La salvación del planeta? La gran ciudad

El título de este post puede resultar para la mayoría al menos sorpresivo, por no decir tramposo. Una frondosa tradición nacida en la Revolución Industrial y trasplantada con facilidad a una América Latina siempre propensa a idealizar su pasado agrícola sostiene que la ciudad es mala, es nociva por sí misma, que es cuna de todos los delitos y todas las injusticias.

Combinar usos residenciales y comerciales aprovecha la densidad urbana y sus recursos, y reduce la dependencia del automóvil.

Los latinoamericanos nos hemos tenido que acostumbrar a que distintos gobiernos de izquierda, de derecha o de centro inventen mover o vaciar las capitales, entre muchos otras distopías que se les ocurren, porque para ellos y muchos más la ciudad tiene la culpa del hecho de que no saben o no quieren resolver los principales problemas de sus sociedades, que puede que estén presentes en todo el país pero son sin duda más visibles en las urbes, así como más objeto de debate y de protesta, porque la ciudad significa también -otra cosa que no solemos reconocerle- más democracia. Imperfecta, por supuesto, imperfectísima, pero mucha más que la que teníamos en el pasado agrario y despoblado de nuestras violentas repúblicas.

En fin; la novedad es que en un mundo donde el crecimiento poblacional se da sobre todo en las grandes urbes, y en el que éstas se multiplican sobre todo en las naciones menos prósperas, emerge un grupo de especialistas que reúnen y difunden argumentos sobre un paradigma que ha ido estableciéndose en los últimos años: el que asegura que no solo no son las ciudades la causa de los grandes problemas de la especie humana, sino que de hecho representan su mayor posibilidad de solución. Específicamente, la ciudad con la densidad correcta.

La revista National Geographic publicó dentro de su serie sobre el hito demográfico de los siete millardos de habitantes un trabajo que abre este tema, y cuyas ideas y datos más resaltantes resumimos a continuación (el tema es enorme y no es la primera vez que lo tocamos; sobre el libro de Edward Glaeser ampliaremos el viernes 8 de junio).

  • Hay 54 urbes con más de 5 millones de habitantes, la mayoría en Asia, y 21 en el mundo en desarrollo. Las regiones metropolitanas que unen varias ciudades están llegando a los 50 millones de personas en China y África. Para 2010, 442 urbes en el mundo tenían más de un millón de habitantes. Será en las ciudades donde nacerá la mayor parte de los dos millardos de seres humanos que acrecentarán la población humana de aquí a 2050. 
  • En su libro El triunfo de las ciudades el economista de Harvad Edward Glaeser dice que no existe un país urbanizado pobre ni un país rural rico; que al contrario de lo que decía Ghandi, el futuro de India no está en sus poblados sino en Bangalore; que los pobres acuden a las ciudades porque ahí está el dinero y que éstas son más productivas que el campo porque la gente está más cercana entre sí y por tanto es más fácil transportar mercancías y recursos, encontrarse y establecer vínculos de toda índole, permitir que las ideas nazcan y circulen. Glaeser sostiene que las ciudades exitosas incrementan los beneficios de ser inteligente y valoran más el conocimiento que el espacio, y que en ellas hasta quienes menos ganan, ganan más que si no estuvieran trabajando allí sino en una urbe menor o en el campo.  
  • El ambientalista Stewart Brand dice que una ética que consista en volver al campo sería desastrosa, porque una ciudad compacta es más eficiente con el uso de la energía, y porque desperdigar a la población significa también desperdigar los problemas que la gran población genera, como los desechos sólidos.
  • David Owen, autor de Green Metropolis, apunta que Nueva York emite menos carbono que el promedio nacional de Estados Unidos, porque, entre otras razones, sus apartamentos requieren menos energía para calentarse que una casa amplia en un suburbio de Wisconsin.
  • Según David Satterwhaite, del Instituto Internacional para el Ambiente y el Desarrollo, la solución al crecimiento urbano no es impedir que siga mudándose gente a las ciudades, sino hacerlas mejores, administrarlas adecuadamente. La expansión, o sprawl, promovida por el transporte barato y los mejores ingresos que permiten pasar del apartamento a la casa, incrementa el uso de energía y reduce la cantidad de tierra y agua disponibles para producir alimentos (además de la pérdida de biodiversidad que significa el tumbar un bosque o desecar un pantano para construir viviendas).
  • El urbanista Sholmo Angel propone establecer zonas verdes antes de que se sigan extendiendo las ciudades y garantizar desde ya los corredores de transporte público para las ciudades por venir. “Todo comienza por ver las ciudades en crecimiento como concentraciones de energía humana que hay que organizar y aprovechar”.
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Acerca de Rafael Osío Cabrices

Autor, asesor y editor independiente especializado en temas de ciudad, cultura y sociedad. Editor en la revista El Librero de Venezuela. Autor de los libros de crónica "Salitre en el corazón: la vida cotidiana en la Cuba del siglo XXI" (Debate, 2003), "El horizonte encendido: viaje por la crisis de la democracia latinoamericana" (Debate, 2008), "La vida sigue" (Los Libros de El Nacional, 2008) y "Apuntes bajo el aguacero: cien crónicas empantanadas" (La Hoja del Norte, edición impresa, y Cognitio, edición electrónica, 2013).
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