En su libro Tráfico (en inglés Traffic), el neoyorquino Tom Vanderbilt ha reunido un fascinante status de lo que hoy se sabe sobre el tránsito de vehículos. La versión española que yo leí tiene un subtítulo que lo presenta con exactitud: “Por qué el carril de al lado siempre avanza más rápido y otros misterios de la carretera”. Es un libro que nos divierte, o más bien nos provoca sonrisas de resignación. Pero sobre todo nos ayuda a comprender la dimensión psicológica de ese drama cotidiano de los que vivimos en ciudades y nos desplazamos entre ellas.

Según Vanderbilt, las redomas generan menos congestión que los semáforos y las intersecciones son peligrosísimas
Vanderbilt se dedicó durante años a entrevistar expertos viales e investigadores sobre el tema, desde matemáticos y estadísticos que intentan entender cómo se mueven y se detienen los vehículos en una autopista, hasta neurólogos o biólogos evolucionistas que explican por qué es tan peligroso usar el teléfono celular mientras estamos conduciendo: porque no evolucionamos para manejar carros, tarea enormemente compleja que se hace bastante más riesgosa cuando además atendemos una llamada o enviamos un mensaje de texto.
Sus hallazgos confirman lo que todos sospechamos cuando vamos de peatones: que los que conducen automóviles se sienten dentro de una fortaleza y se comportan de manera mucho más agresiva e inhumana que si anduvieran a pie, comportamiento que se agudiza en los hombres y a medida que el carro es más grande. Pero además producen un montón de datos interesantes, todos sustentados en estudios serios o en la gestión durante meses o años de un sistema vial o una ciudad.
Uno de esos estudios, hecho en Estados Unidos, determinó que la mayoría de las colisiones ocurren por la distracción de un conductor en los tres segundos anteriores al choque. Es ahí donde operan más intensamente los distintos factores que reducen nuestra nunca ilimitada capacidad de reaccionar bien a un imprevisto –un animal que se atraviesa, un peatón o un ciclista que cruza una intersección, un vehículo que sale de una curva o emergen en la niebla- y que son atender el celular, mirar a otro lado, adormecerse por un instante o estar bajo la influencia del alcohol o el cansancio.
Otra investigación dice que el riesgo aumenta exponencialmente con la velocidad, no proporcionalmente: “En un choque a 80 kilómetros por hora”, escribe Vanderbilt, “tienen 15 veces más probabilidades de morir que una colisión a 40, y no el doble, como quizá esperasen inocentemente al doblar la velocidad (…) Una colisión cuando se conduce a 56 kilómetros por hora provoca un tercio más de daño frontal que una cuando se viaja a 48 kilómetros por hora”.

Este libro sugiere que nos hacen mirar más señales de las que necesitamos y las aceras con árboles inducen a conducir más despacio
Quienes claman por el aumento del límite de velocidad en las autopistas están equivocados. Como lo están también quienes piden más autopistas para reducir el tráfico: como ha dicho gente como el ex alcalde de Bogotá Fernando Peñalosa, mientras más autopistas, más tráfico. Tráfico provee varios argumentos a favor de esto, pero también evidencia a favor del uso del cinturón de seguridad (e incluso del casco, que tal vez en un futuro sea una norma obligatoria para quienes viajen en automóviles) y descubrimientos inquietantes como que la mayoría de los accidentes ocurren en días soleados y carreteras llanas, no en sinuosos y neblinosos caminos de montaña, porque cuando nos sentimos seguros nos relajamos y cometemos más errores que cuando tenemos una clara sensación de peligro, lo que nos pone más alertas y nos hace conducir más prudentemente.
Pero para los latinoamericanos, que tanto admiramos el imperio de la ley en las vías de América del Norte, Tráfico nos dice también algo que no me atrevo a llamar consuelo: hay pocas diferencias culturales entre los distintos gentilicios a la hora de tomar el volante, sobre todo en las vías rápidas. Es endiabladamente complicado prever el riesgo y administrar un sistema vial para que fluya bien. Y está el insoslayable factor psicológico, nuestra enorme dificultad para aceptar que los carros matan más gente que el terrorismo. Los automóviles tienden a hacernos creer que somos invulnerables. Y eso, justamente, es lo que nos conduce al peligro.

Sería interesante traer a vivir por un tiempo a Tom Vanderbilt a Venezuela y que maneje un vehículo por sus diferentes calles y avenidas, carreteras y autopistas……
Pingback: Ocho medidas factibles para una vida urbana más sustentable | Mejor ciudad